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El circulo de la eterna busqueda

  • Foto del escritor: Agnes Del Mar
    Agnes Del Mar
  • 21 may
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 30 oct

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Desde pequeña, Alma se sentía distinta. Mientras otros niños preguntaban cuándo sería la merienda, ella preguntaba por qué el tiempo avanzaba solo hacia adelante. Los adultos la miraban con una mezcla de ternura y desconcierto. Nadie sabía qué responder. Así comenzó su amor por las preguntas, no por las respuestas.

Con los años, Alma se convirtió en filósofa. No por título, sino por vocación. Su casa era un templo de libros subrayados, cuadernos a medio escribir y tazas de té frío abandonadas entre párrafos de Heráclito, Simone Weil y Rilke. Sabía muchas cosas. Pero cada cosa que sabía le abría otra que no.

Esa búsqueda constante, sin pausa ni tregua, la había ido alejando poco a poco del mundo. Sus amigas se casaban, sus padres envejecían, el sol caía y volvía a salir… y ella seguía en su torre de libros, persiguiendo un hilo invisible que nunca llegaba al nudo.

Una tarde de otoño, cansada de sí misma, salió a caminar por el bosque que bordeaba su ciudad. El aire olía a hojas secas y humedad. Caminó sin dirección, dejándose llevar por algo más antiguo que el pensamiento. No sabía cuánto tiempo llevaba andando cuando lo vio: un círculo de piedras planas, perfectamente dispuestas, en el centro de un claro.

Se detuvo, sorprendida. Algo dentro suyo se estremeció. Y entonces lo escuchó.

—Bienvenida al Círculo de la Eterna Búsqueda.

No había nadie. La voz no venía de afuera, sino de algún lugar entre el pecho y la memoria.

—Aquí, cada pregunta tendrá una respuesta inmediata —continuó la voz—, pero cada respuesta traerá consigo una nueva pregunta.

Alma sintió un escalofrío. Por primera vez en su vida, alguien —algo— le ofrecía lo que siempre había deseado. Entró en el círculo. Se sentó. Cerró los ojos.

—¿Cuál es el propósito de la vida? —preguntó en silencio.

—Vivir plenamente y encontrar significado en cada experiencia —respondió la voz.

—¿Cómo se encuentra ese significado?

—Escuchando tu propia verdad. Siendo auténtica en cada elección.

Las preguntas comenzaron a fluir como un río desbordado. Una tras otra. El círculo respondía con dulzura, sin juicio. Pero en el corazón de cada respuesta, nacía una nueva sed. Alma sintió por momentos vértigo, por momentos paz. Era como mirar un espejo que reflejaba otro espejo, y otro, y otro.

En algún momento, sin saber si había pasado una hora o un año, apareció una figura frente a ella. No era una presencia física, sino algo más parecido a una memoria viva. Era ella misma, pero con el rostro sereno de una anciana. Esa Alma futura no decía nada, pero la miraba con una ternura que desarmaba.

Y entonces, Alma comprendió.

No estaba allí para entender el mundo. Estaba allí para encontrarse a sí misma. Para abrazar su camino, aunque no tuviera destino. Para reconciliarse con su hambre de saber, pero también con su derecho a descansar.

Se puso de pie. El círculo seguía ahí, inmutable, pero ahora lo sentía distinto. No como una promesa, sino como un espejo. Le agradeció en silencio y emprendió el regreso.

Al salir del bosque, algo en ella había cambiado. No necesitaba todas las respuestas. Había aprendido a vivir con la pregunta abierta, como se vive con una ventana entreabierta en una noche tibia.

Moraleja: La búsqueda no es una huida del vacío, sino una danza con el misterio. Algunas respuestas no llegan para cerrar, sino para abrir nuevas puertas.



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