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El mercader de sueños

  • Foto del escritor: Adriana Mascelloni
    Adriana Mascelloni
  • 15 feb
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 30 oct



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En un rincón olvidado de la ciudad, donde las luces de las calles parecían desvanecerse en la niebla, Luisa encontró un mercado extraño que solo aparecía de noche. Era un laberinto de puestos diminutos y susurros en lenguas desconocidas. Pero lo que más llamó su atención fue un pequeño cartel que decía: "Sueños a la venta".

Intrigada, se acercó al puesto. Detrás del mostrador, un hombre de edad indefinida la observaba con una sonrisa misteriosa.

—¿Estás buscando un sueño? —preguntó el mercader.

Luisa dudó. Durante años había vivido atrapada en una rutina gris. Su trabajo, su casa, sus relaciones, todo parecía teñido de una monotonía que había apagado sus ilusiones.

—¿Qué clase de sueños vendes? —inquirió, cruzando los brazos.

El mercader sacó una caja de madera y la abrió con delicadeza. Dentro, había pequeñas esferas que brillaban como estrellas capturadas.

—Cada esfera contiene un sueño único. Al elegir uno, vivirás esa experiencia como si fuera real. Pero hay una condición: debes renunciar a tu presente mientras dure el sueño.

Luisa contempló las esferas, fascinada. Había una que parecía brillar más intensamente, y al tocarla, imágenes comenzaron a formarse en su mente. Se vio a sí misma como una pintora famosa, viviendo en un estudio lleno de colores y lienzos, reconocida por su talento.

—¿Y si no quiero volver? —preguntó.

El mercader se encogió de hombros.

—El sueño puede ser perfecto, pero tarde o temprano te llamará la realidad.

Sin pensarlo más, Luisa aceptó la esfera y cerró los ojos. Al abrirlos, se encontró en un mundo completamente diferente. Estaba rodeada de pinceles y pinturas. La gente la admiraba, sus obras eran expuestas en las galerías más prestigiosas, y por primera vez en años, sentía que su vida tenía sentido.

Pero el tiempo dentro del sueño comenzó a desdibujarse. Los días se mezclaban con las noches, y aunque su éxito era innegable, algo faltaba. Una sensación de vacío se filtraba en sus pensamientos. Se dio cuenta de que, a pesar de la belleza del sueño, extrañaba los pequeños detalles de su vida real: el aroma del café por la mañana, las conversaciones con su madre, la risa de sus amigos.

Una mañana, decidió regresar al mercado. Pero el mercader ya no estaba. En su lugar, había una nota que decía: "El valor de un sueño no está en vivirlo, sino en lo que aprendes al regresar."

Luisa despertó en su cama, con lágrimas en los ojos. Miró sus manos vacías y sonrió. No había cambiado nada en su realidad, pero algo dentro de ella sí. Comprendió que los sueños no son un escape, sino una inspiración para mejorar lo que ya tenemos.


Moraleja: La verdadera magia de los sueños no está en huir de la realidad, sino en aprender a ver lo extraordinario en lo cotidiano. Los sueños son una guía, no un refugio.


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