La señal
- Adriana Mascelloni

- 23 sept 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 30 oct 2025

Lucía despertó en medio de la noche. La pantalla del celular brillaba con notificaciones que no decían nada: promociones de tiendas, correos sin importancia, el recordatorio de una aplicación que le sugería beber agua. Ninguno de esos mensajes respondía a la pregunta que la atravesaba como una espina: ¿alguien, en algún lugar, piensa en mí cuando cierro los ojos?
Se quedó tendida mirando el techo. A su alrededor, la habitación era un inventario de cosas bien acomodadas: plantas regadas al anochecer, libros apilados, una taza con restos de café. Todo en orden, todo limpio, todo bajo control. Y, sin embargo, dentro de ella había un caos mudo, una sensación de que su vida era invisible, de que ninguna mirada habitaba su nombre.
Durante el día, la gente la rodeaba. Compañeros de trabajo, saludos rápidos en la cafetería, los “me gusta” en redes sociales. Gestos superficiales, ráfagas de interacción que al final se disolvían. Nadie parecía pronunciar su existencia con la intensidad de un abrazo. Nadie le decía: “Descansa, estás en mí, aunque no hablemos.”
Se levantó, encendió la lámpara y se vio en el espejo del pasillo. Ojeras marcadas, el cabello enredado, una expresión que mezclaba cansancio y desvelo. “No hay prueba”, murmuró. No había cartas escondidas bajo la puerta ni mensajes inesperados en el buzón virtual. Todo era un eco sin respuesta.
Decidió salir. Se puso un abrigo, tomó las llaves y bajó las escaleras en silencio. Afuera, la ciudad respiraba en luces intermitentes: edificios encendidos, un taxi detenido, la vibración lejana de música en un bar. Caminó sin rumbo hasta llegar a la plaza del barrio. Allí, un grupo de chicos jugaba a la pelota, riendo a carcajadas. Una mujer sentada en un banco acariciaba el cabello de su hijo. El guardia nocturno de un edificio cercano tomaba mate bajo una farola.
Observó la escena con un nudo en el pecho. Ninguno de ellos la conocía, y sin embargo, esa vida compartida, esa suma de presencias, tenía un extraño efecto: de pronto, no estaba del todo sola.
Se sentó en un banco frío. El aire olía a pasto mojado. Cerró los ojos y dejó que el murmullo de la plaza entrara en su cuerpo. Había descubierto algo: tal vez la prueba no siempre venía en la forma de una declaración explícita, tal vez estaba en esa red invisible de pertenencia, en saber que se habitaba el mismo aire, que se respiraba el mismo tiempo.
Recordó entonces un gesto mínimo del día anterior: una compañera de oficina le había dejado un chocolate sobre el escritorio con un post-it que decía simplemente “para vos”. No era una confesión, ni un pacto eterno, pero sí una chispa. Una forma de decir: “te vi, te pensé”. ¿No era eso ya una señal?
Sintió una ternura inesperada. Quizá estaba esperando demasiado: grandes pruebas, certezas rotundas, promesas escritas en mármol. Pero la vida se expresaba de otro modo, más delicado, casi secreto. Una señal podía estar en la sonrisa del cajero del supermercado, en el mensaje breve de alguien que solo escribe “¿llegaste bien?”, en el café compartido sin palabras.
Al volver a casa, encontró en la puerta un sobre blanco. Se sorprendió. Lo tomó con prisa, como si se tratara de un augurio largamente esperado. Dentro había una factura de luz. Nada más. Soltó una risa entre amarga y dulce. No, no era esa la señal que quería.
Pero al dejar el sobre sobre la mesa, se dio cuenta de que lo importante ya no era recibir pruebas externas, sino empezar a ofrecerlas. Tomó papel y lapicera y escribió un mensaje breve para alguien a quien apreciaba, aunque no hablara mucho con él: “Espero que hoy te sientas acompañado, porque pienso en vos.” Lo envió por mensaje de texto.
Se acostó de nuevo. La alcoba seguía igual de silenciosa, igual de intacta, pero algo en ella había cambiado. Ya no esperaba con tanta ansiedad una señal: había aprendido que podía ser ella misma quien la generara.
Cerró los ojos con una calma nueva. Entendió que quizás nunca tendría la prueba absoluta de vivir en otro corazón, pero en ese instante tampoco la necesitaba. Bastaba con ser capaz de sembrar señales, aunque fueran pequeñas, aunque fueran frágiles. Al fin y al cabo, ¿qué es la vida sino una cadena de gestos mínimos que nos sostienen en secreto?
La madrugada avanzaba. Afuera, los primeros pájaros comenzaban a cantar. Ella se durmió sabiendo que, aunque la soledad siguiera visitándola, siempre habría un modo de transformarla en compañía: empezando por ser prueba en el corazón de otro.



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