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La sala de los espejos.

  • Foto del escritor: Adriana Mascelloni
    Adriana Mascelloni
  • 20 nov
  • 6 Min. de lectura

La vida a través de las pantallas
La vida a través de las pantallas

La casa amanecía con una luz cansada, como si el día hubiera sido usado ya por otros y volviera, tibio, a pedirse prestado. En la mesa, un ramo de flores de supermercado intentaba parecer jardín: colores sin olor, promesas empaquetadas. Ella —Luna, veinte y pocos, mirada de alondra atenta— encendía el celular antes del primer sorbo de agua. La pantalla era el sol verdadero. Allí abría los ojos.

Notificaciones, corazones, mensajes: una marea pequeña y ruidosa que le decía “estás”, “importas”, “seguimos aquí”. En el mundo de su cuenta todo era nítido, como esas ciudades de maqueta donde los techos son perfectos y las calles no conocen el barro. Luna posaba su taza junto a la ventana y ensayaba sonrisas que no dolieran, inclinaciones de cabeza que enamoraran a la cámara, frases mínimas para el pie de foto. A veces sentía que la casa se movía cuando ella parpadeaba; otras, que el aire era un espejo y su pecho, una sala sin puertas.

Subió una historia: la luz de la mañana cayéndole como un vestido nuevo. “Hoy: rutina de cuidado y agradecimiento”, escribió, y añadió un filtro de granos suaves, como si el tiempo hubiese aprendido modales. Después, sin mirar demasiado, acomodó sobre la cama frascos y libros que no había leído, velas sin fuego, un ramo nuevo que desplazó al de ayer. La escena debía parecer casual. El azar, bien dispuesto, es una coreografía.

Alguien tocó el timbre. Era el repartidor con una caja anónima; Luna firmó como se firma el acta de una vida que se acumula: paquetes, colaboraciones, envíos que prometían versiones mejores de sí misma. Antes de abrir, hizo una foto: cartón sobre sábana, sol que acaricia, dedos que tientan la cinta. “Unboxing”, dijo en voz baja, y la palabra quedó flotando como un pez brillante en un acuario de vidrio.

Los comentarios llegaron con rapidez: “Reina”, “diosa”, “inspo”. Las amigas digitales —esos nombres sin apellido— escribían como si la conocieran desde niñas; los extraños pedían enlaces, descuentos, un poco del milagro. Luna respondía con frases blandas, un emoticón aquí, otro allá, como quien riega macetas de plástico. Era una jardinera aplicada en una terraza sin tierra.

El ruido entraba por todas partes: el televisor del vecino contando desgracias, el algoritmo ofreciéndole cuerpos perfectos, palabras perfectas, cocinas perfectas. Una voz de locutor prometía que la felicidad cuesta nueve cuotas sin interés. Las paredes parecían más delgadas; la casa, translúcida. Luna dio dos pasos y supo que algo la había dejado atrás. No era miedo, ni cansancio. Era un vacío educado, fino, que no mordía pero roía como un ratoncito diligente.

Abrió otra vez la caja. Dentro, un serum milagroso con olor a museo. Hizo un video: rostro, gota, brillo. Miró la pantalla y vio a una mujer que sabía qué decir. La oyó hablar con una convicción prestada. En un rincón del espejo, sin embargo, la verdadera voz hizo un gesto tímido, como quien pide paso en un pasillo. “¿Y si no?” dijo. “¿Y si todo esto es humo que perfumamos?”

Apagó el celular. El silencio pesó como un abrigo en verano. La heladera zumbaba su canción de siempre; un auto pasó lento; una vecina tendía ropa con una pinza de madera que había perdido la pintura. Todo parecía más real que un segundo antes, pero también más nudoso, menos amable. Luna levantó el ramo viejo, ahora inclinado, y vio agua turbia en el vaso. La vida de ayer, transformada en olor.

La pantalla se volvió a encender sola: un mensaje de una marca, la invitación a un evento, una foto de un lugar donde todos parecían muy felices. Luna pensó en sus seguidores, esa multitud silenciosa que miraba su vida como quien presiona la nariz en la vidriera de una pastelería. “Si supieran este olor a flores en descomposición”, pensó. Si supieran la sobremesa larga de la soledad, el cubierto de más que nadie levanta, el plato que se enfría porque una toma se repite diez veces.

Luna abrió el balcón. La calle traía su pequeña orquesta: un vendedor de escobas, una madre que apuraba a un niño, una bicicleta con candado flojo. Hubo un instante —apenas una esquirla— en que deseó bajar descalza, sentarse en el cordón y quedarse, sin fotos, a escuchar cómo suena el mundo cuando no está siendo grabado. Pero el hábito llamó: “Story time”. Regresó a la cama como a un escenario. “Chicas, me preguntan mucho cómo mantengo el foco”, dijo, y la frase cayó en su propio oído como un pájaro que se equivoca de ventana.

La tarde iba diluyéndose. En el vaso, las flores cedían al agua su secreto de hojas tristes. Luna se vio —por un momento— desde afuera: una joven que organizaba una vida para que la miren, sed alzada hacia un cielo que no llueve. La casa se volvió una maqueta. Ella, un personaje que se había aprendido de memoria. Sintió, entonces, el vacío abrirse como una puerta invisible: detrás, un cuarto más grande y menos iluminado donde las preguntas no usan filtro.

Se sentó en el suelo. La madera tenía el tacto honesto de lo que no se finge. Respiró. “Estoy cansada”, dijo en voz baja. La verdad sonó torpe, pero fresca, como el primer corte de una fruta. Cerró los ojos y dejó pasar el desfile mental: marcas, cifras, likes, metas. Todas esas luces que ciegan. “¿Qué queda si apago?” La pregunta no quiso parecer inteligente; sólo pedía una silla donde sentarse.

Apagó.

La casa retrocedió un paso. Sin la luz de la pantalla, los colores volvieron a ser de este mundo. El sol, ya a punto de irse, dejó una costura rosada en la cortina. El reloj real marcó una hora que el algoritmo no podía monetizar. Luna escuchó de nuevo la heladera, la bicicleta, al niño que reía porque el vendedor de escobas había convertido su palo en caballo. El mundo, sin ella, seguía. Y, de pronto, eso no fue triste: fue alivio.

Lavó el vaso de las flores. El agua sucia corrió como un arrepentimiento. Eligió, con cuidado, las que aún resistían y las acomodó en un frasco pequeño. Las otras fueron a la basura, acompañadas por un gracias en silencio. Se hizo un té sin fotografiarlo. Lo bebió sin pensar qué taza combinaba mejor con el mantel. Era té. Era tarde. Era su boca.

El celular vibró en la mesa, pero no corrió a rescatarlo. Pensó en la multitud anónima que la seguía; pensó en las chicas que la escribían “me inspiras”. ¿Qué podía ofrecerles que no fuera más humo? Tal vez —se dijo— la única influencia honesta era aprender a habitar la vida que no se ve. Aceptar que la felicidad no es un decorado estable, sino una visita breve que agradecemos cuando llega y dejamos ir cuando se va. Lo otro, el ruido, era una puesta en escena donde todos actuaban para todos y nadie descansaba nunca.

Cayó la noche. La casa, por fin, le devolvió un silencio propio. Luna prendió una lámpara pequeña —esa que nunca salía en las fotos porque no era bonita— y abrió el cuaderno que siempre estaba de adorno. Escribió: “Hoy apagué. No por rebeldía, por amor propio. No quiero demostrar una vida perfecta; quiero aprender a vivir la mía, imperfecta, a pulso.” La letra le salió un poco chueca, como un camino recién abierto. Siguió: “Si vuelvo a encender, que sea para decir la verdad. Si vuelvo a mostrar, que sea para acompañar de veras. Si vuelvo, que sea distinta.”

Se fue a dormir con la casa a favor. La almohada tenía la forma exacta de su cabeza. El sueño la abrazó antes de que pudiera imaginar el post de mañana. Soñó con una playa sin cámaras, con un bosque que no pedía stories, con una ciudad que sólo pedía pasos. Soñó con una Luna que caminaba liviana.

A la mañana siguiente, encendió el celular. Había mensajes; habrá siempre. Contestó a dos con un “gracias” sin emoji. Publicó una foto de una ventana abierta y escribió: “Descansé de mí. También se puede.” Cerró la app. Se ató el pelo, se puso zapatillas y bajó. El vendedor de escobas la saludó como quien reconoce a alguien del barrio. Luna le compró una escoba de palo de madera. Caminó de regreso con un objeto simple que, por una vez, no necesitaba convertirse en contenido.

En la cocina, barrió el suelo y notó la pequeña ceremonia de la limpieza: un espacio queda más habitable cuando dejamos de acumular. Lo mismo pasa con la mente. El ruido se va al rincón si le damos una puerta. El mundo, pensó, no es enemigo: lo es el humo que soplamos para volverlo espectáculo.


Moraleja para llevarCuando la pantalla te prometa un mundo donde todo ocurre perfecto y siempre, recordá que la vida respira fuera de cuadro: en el olor del café que nadie fotografía, en la risa de un niño que no pide permiso, en la escoba que deja limpio un pedazo de suelo. Apagar no es huir: es afinar el oído. Volvé a encender sólo cuando puedas decir algo que te habite. Convertí tu presencia en abrigo, no en espectáculo. Y si el ruido vuelve —volverá—, elegí una cosa simple y verdadera: barrer, regar, escribir tres líneas. Lo real no grita: sostiene.

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