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El sendero invisible

  • Foto del escritor: Adriana Mascelloni
    Adriana Mascelloni
  • 4 nov
  • 2 Min. de lectura

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Había una mujer que caminaba sin rumbo por la costa. El amanecer se filtraba entre la niebla, y cada paso sobre la arena dejaba una huella que el mar se apresuraba a borrar. No sabía adónde iba, solo que debía moverse. Su cuerpo era guiado por algo más hondo que la voluntad: una especie de llamado suave, casi imperceptible, como el rumor del agua cuando acaricia las piedras.


Había pasado años siguiendo caminos trazados por otros: los del deber, los del miedo, los del amor. Cada uno la había llevado un poco más lejos de sí misma, hasta que un día despertó y no reconoció la voz que hablaba dentro de su pecho. Fue entonces cuando decidió marcharse sin destino, con la esperanza de encontrarse en el trayecto.

El viento levantó su cabello, el sol tocó apenas su piel, y en ese instante —tan breve que casi no existió— sintió que algo dentro de ella se abría. No era una revelación grandiosa, sino una certeza sencilla: el lugar que buscaba no estaba fuera, sino en la quietud con que miraba el mundo.


A medida que avanzaba, los sonidos se volvían más claros. Escuchó el murmullo de los insectos entre los juncos, el roce de las hojas contra el aire, el latido constante del mar. Y comprendió que no había separación entre ella y aquello que la rodeaba: formaba parte de la misma respiración infinita.


Más adelante, el sendero se bifurcó. Uno conducía hacia el bosque, oscuro y espeso; el otro bordeaba el acantilado, donde la vista era vasta y el riesgo mayor. Dudó. Durante años había evitado las decisiones que dolían. Pero recordó lo que había sentido al dejarse guiar por su propio silencio, y con un leve temblor en el pecho eligió el acantilado.


El viento soplaba con fuerza allí arriba, y por un momento sintió miedo. Pero el miedo, comprendió, era solo un recordatorio de su humanidad, una forma de medir la distancia entre el suelo y el deseo de volar. Cerró los ojos y se dejó envolver por la brisa. No necesitaba más caminos: el suyo ya estaba siendo trazado en el mismo acto de caminar.


Cuando el sol descendió, se sentó sobre una piedra y miró el horizonte. No había llegado a ningún lugar concreto, y sin embargo algo en su interior estaba en paz. Había encontrado su lugar, había explorado su camino, había marcado su objetivo: ser libre de ser quien era, sin más brújula que su propia verdad.


Esa noche, mientras la luna encendía el mar con su reflejo, comprendió la enseñanza que buscaba desde siempre:no se trata de llegar, sino de aprender a estar; no de conquistar la libertad, sino de sentirla en cada paso.


🌿 Moraleja: Quien busca su lugar fuera, se pierde. Quien lo busca dentro, encuentra el mundo entero.

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