El reflejo de mis zapatos
- Agnes Del Mar

- 27 feb 2023
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 30 oct

Todos los días lo veo desde mi oficina del primer piso de la calle Libertador.
Rostro cansado. El tiempo dejó su huella en la piel ajada de un hombre que aparenta unos sesenta años. Espalda encorvada de alguien que lleva la tristeza a cuesta. Su cuerpo fatigado vaga desde que el día despliega sus colores en el cielo hasta que decide pintarlo de negro. Hombre trabajado por el pasar de los años. Sus pies andan buscando un sustento para su familia en este verano de sol y chicharra entre los restos de los edificios de oficina que enmarcan esta avenida.
Imagino que su nombre es José y que vive junto a Marta, su compañera de hace más de diez años, y sus dos pequeños hijos. Una modesta y humilde morada en las afueras de la ciudad los alberga a diario. El sonido de un despertador le indica que es hora de levantarse, tomar unos mates amargos y emprender el viaje hacia el centro de la ciudad con su única compañía, un carro de dos ruedas que tira con gran esfuerzo.
Después de haberlo visto por tantos días seguidos, una noche lo soñé frente a mí. Una hermosa sonrisa dejaba ver su bondad de hombre humilde y trabajador. Me vi en sus ojos, su brillo me envolvió y sentí como entraba dentro de su ser. Con gran estremecimiento percibí que estaba apreciando la vida a través de él. Vi la mirada esquiva de los demás, los empujones de aquellos que corren contra el reloj, la indiferencia a mi mano tendida, los murmullos por mis harapos y zapatos agujereados. Pero también experimente el amor en la mirada de su esposa, la alegría de sus hijos al escuchar su voz llamándolos para entregarles un dulce. Sentí que esos regalos pulverizaban la sobrecarga y el desprecio de haber caminado todo un día de sol a sol. Me desesperé y quise gritar que ese no era yo. Que yo era un hombre de negocios y de prestigio. Nada tenía que ver con ese vagabundo desgarbado y de zapatos andrajosos que cartoneaban por la avenida de mi oficina. En mis zapatos se reflejaba una vida holgada y lujosa como corresponde a un hombre de mi nivel social. Me desperté lleno de sudor y temblando. Corrí al espejo a ver mi rostro. El espejo mostro mis rasgos de todos los días, pero no supo desenmascarar a quien estaba detrás de mí mirada.
El reloj marcaba las cuatro de la madrugada y el sueño no volvió a acompañarme. En mi mente solo tenía el pensamiento de este hombre que todas las mañanas juntaba los restos de una ciudad caprichosa que no sabe contemplar a su alrededor.
A las seis en punto me levanté, me puse la camisa, la corbata y mi traje recién comprado en Nueva York. Observe detenidamente el brillo de los zapatos que ese día había recogido para calzarme. Era cierto, reflejaban una vida suntuosa pero también solitaria.
Un café caliente y unas tostadas me esperaban en la mesa pulcramente preparada por Sofía, mi mucama desde hacía ya varios años. Ella me conocía mejor que nadie y al instante percibió que algo no andaba bien. Como si supiera de mis pensamientos, dulcemente me hizo notar que últimamente estaba muy solo. Me aconsejo que ponga más atención en mi novia. Ella es una chica trabajadora, de buena familia y que lo quiere mucho, me dijo. Esas palabras quedaron retumbando en mi cabeza. Apenas probé mi desayuno. Me apresure a subir a mi auto para tomar la autopista aún libre del torrentoso tráfico.
Esperé ansiosamente las diez de la mañana para ver a ‘Juan’ aparecer con su carro por la esquina de la oficina. Las agujas del reloj llegaron al mediodía y el no apareció. Tampoco lo vi en los días siguientes. Varios mendigos husmearon la basura del vecindario pero ninguno era él. Uno de mis compañeros de trabajo, que me veía a diario mirar por la ventana, me pregunto que me preocupaba. Le comenté del hombre que andaba por la vereda con su carro juntando basura, hacía ya varios días que no lo veía. Me comento que el tenía la misma costumbre, miraba usualmente dos o tres veces al día por la ventana, pero nunca había visto a un hombre con esas características.
Me quedé mudo mirándolo y sentí que mi corazón se paralizaba. Volví la mirada hacia el suelo y ahí estaban mis lujosos zapatos. De repente, sin saber cómo, mis ojos vieron los andrajosos calzados de Juan en mis pies tal como los había soñado. Yo no tenía nada que ver con ese hombre, éramos muy diferentes y sin embargo sentía que él tenía mucho más que yo.
En ese momento comencé a comprender el sentido de ese sueño. Entendí que en mi interior yo buscaba una vida más tranquila y modesta. Que no todo pasa por el tener y vivir para ello, sino que son importantes los afectos, los amigos y la familia. Quería tener la posibilidad de transitar otra senda, que mis zapatos reflejaran a un hombre feliz por atravesar un camino más humano, cercano a los demás y solidario. Sin embargo, mis zapatos reflejaban un ceño fruncido, ojeras y una línea recta en la expresión de mi boca.
Ese día, ante el asombro de mis compañeros de trabajo, cancele todas mis citas y llame a mi novia para que me espere para salir. En ese momento las palabras de Sofía volvieron a mi mente. Fue el comienzo del cambio del reflejo de mis zapatos. Un brillo en mi mirada, una luz de esperanza se reflejó en ellos dándome la certeza que ese era el primer paso de mi nuevo camino.
Una hora más tarde, Marta me esperaba más hermosa que nunca en el hall de su edificio.
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