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El teatro de las identidades

  • Foto del escritor: Adriana Mascelloni
    Adriana Mascelloni
  • 23 abr
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 30 oct


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En el corazón de una ciudad antigua, donde las calles estrechas guardaban secretos entre los adoquines, existía un teatro del que pocos hablaban, y aún menos se atrevían a visitar. No aparecía en mapas ni tenía cartel alguno. Solo aquellos que realmente estaban perdidos podían encontrarlo.

Martina llegó allí una noche, empujada por una sensación vaga de que había olvidado quién era. La puerta del teatro se abrió sola al verla, como si ya la esperaran.

Dentro, todo era penumbra y terciopelo rojo. Un hombre alto, vestido de negro y con una máscara blanca, la saludó con una leve inclinación.

—Bienvenida al Teatro de las Identidades. Siéntate. La función está por comenzar.

Martina se dejó caer en la única butaca iluminada por un rayo de luz tibia. Frente a ella, el escenario vacío comenzó a poblarse de figuras. Primero apareció una niña de mirada viva: jugaba, reía, creaba. Era ella. Luego, una joven vestida de oficina, siempre correcta, siempre con prisa. También era ella. Después, una mujer mayor, de rostro cansado, con un libro cerrado en las manos y los ojos llenos de preguntas sin responder. Todas eran ella. Y sin embargo, ninguna la representaba del todo.

—¿Qué es esto? —murmuró.

La figura de negro se acercó por detrás y dijo con voz grave:

—Estas son las versiones que fuiste, las que fingiste ser, las que creíste que debías encarnar para que te aceptaran. Pero aún falta una.

En el escenario apareció una mujer distinta. Tenía los pies descalzos, la mirada firme, el corazón en la mano. No hablaba, pero su presencia llenaba todo el teatro.

—¿Quién es ella? —susurró Martina, con un nudo en la garganta.

—Es quien podrías ser si dejaras de actuar.

El telón cayó sin aviso. Martina se quedó sentada, sola, en el silencio espeso del teatro. No había aplausos, pero dentro de ella se encendió una voz: la suya.

Salió del teatro con paso firme. No sabía con exactitud quién era, pero por primera vez entendía que tenía derecho a descubrirlo sin máscaras.

Moraleja: Pasamos la vida actuando para cumplir expectativas ajenas, pero la verdadera libertad nace cuando nos atrevemos a dejar el guion y ser quienes somos.



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