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La esquina de enfrente

  • Foto del escritor: Adriana Mascelloni
    Adriana Mascelloni
  • 18 oct 2023
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 30 oct


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Paso a paso el latido de la ciudad se abre ante el despertar inminente del astro rey. El café humeante enturbia mis anteojos sucios de impresiones dactilares. Es mi primera vez en esta gigante urbe y vengo aquí, como tantas otras almas, a ganarme la vida. Difícil enfrentarme a mí, de acá en más, sola me tengo que arreglar. Pero no estoy triste, al contrario. Nadie me conoce, nadie me juzga y tengo el tiempo sobrado para dedicarlo a mi amada faena. La oportunidad de entrar en modo observación, es ahora. Automáticamente, mi mano, mi lápiz y mi bloc de hojas crean un equipo de trabajo.

El edificio de enfrente me invita a dibujarlo con palabras. La Belle Epoque enriquece mis vidrios empañados instalándome en forma automática en la romántica Paris, pero aquí en San Telmo. La timidez de dos pequeños faroles se pierde en las gigantes columnas que abrazan el vaivén de la puerta principal. La tan apreciada sombra veraniega se acobija bajo el gigante verde que protege las imponentes ventanas oscuras de época, que, aunque amadas por algún restaurador, viven en otro punto de la historia. Imagino las manos idóneas fileteando los brazos esculturales capaces de sostener los balcones que alardean la belleza de los rojos malvones. La seguridad se ve protegida por barreras artesanales obligadas a tomar la forma que los progenitores le dieron. Un cartel, invitando a leer con un brebaje en mano, se jacta de haber sido fundado con ese objetivo.

Restos de canteros de añejos árboles son el lugar obligado de algún que otro tropezón de los que van obnubilados por una pantalla. Solo un tronco leñoso, grueso y elevado ostenta una verdosa copa que ayuda a aplacar el calor exterior. La modernidad cuelga sobre dos grandes ventanales censurando el placer visual de antaño y olvidando las paletas que algún día dieron aire al interior.

El reloj avanza y los encargados de las familias apuran el tranco delante de los pequeños, que a pasos cortos y caritas de sueño, pierden el equilibrio ante una inoportuna baldosa.

Autos oscuros con techos amarillos hurgan en las cuatro esquinas a la espera del sustento. Mientras tanto los gigantes colorados pelean por su espacio provocando alguna que otra puteada.

Otros humanos van en su mundo. Como la actualidad lo demanda con un café del logo verde en una mano y el infaltable vicio portátil en la otra, atropellan al tiempo perdido.

Una mujer alta con pelo estirado atado en un rodete y traje azul cruza una mirada fría conmigo. Quiero creer que envidia mi bebida y la paz que transmito. Choca inevitablemente con la contracara de su vida, una vendedora ambulante con un vástago atado a su espalda que pide ayuda para sobrevivir. Ella la ignora y sigue su camino. No es capaz de ver el dolor anímico gravado en sus ojos. Pero yo si tengo el ojo erudito, para ver en ellas la tristeza de dos mundos.

Me exalto ante el griterío de un grupo de estudiantes que practican cánticos para su anhelado último día de clases. Uno de ellos está perdido detrás de unos grandes auriculares. Se parece a mí, no encaja en el bullicio.

El único feliz es un rubio Golden. Es ella, un collar rosado con patitas blancas así lo confirma. Tironeada por su dueño, parece sonreír con el bamboleo de su cola.

Un lagrimón rueda por mi mejilla, cuando pasa por mi ventana una señora con un floreado pañuelo cubriendo su cabeza. El destello de un recuerdo lejano me invade. Su palidez y la falta de cejas abruptamente me muestra mi propio rostro. Soy yo.

Alguien mueve mi hombro. Me espanto, y miro por entre mis lentes sucios. El mozo me despertó.

Creado está en mi mente. Renglones impolutos se explayan ante mí, esperando la descripción muy mía, pero a la manera de Georges Perec, del conjunto de ladrillos y materiales que majestuosamente se alza en la esquina de enfrente.

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